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Un arquitecto contra el remedo bolivariano

Espejo cubano

RAÚL FUENTES

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Mario Conde es un personaje de ficción parido por la imaginación de Leonardo Padura Fuentes, a través del cual el autor de El hombre que amaba a los perros (2009) –obra de lectura obligatoria para todo aquel que quiera enterarse de cómo el totalitarismo se las apaña para pervertir la justicia y adulterar el pasado armado de ilusorias promesas de redención– nos ofrece una visión un tanto desmoralizante de esa Cuba que el trasnocho ideológico del socialismo vernáculo y su roja resaca materialista, dialéctica e histórica ponderan como edénico modelo para calcar. “Machista barriotero y visceral”, según propia confesión, Conde es un investigador que, con el rango de teniente, trabajó alguna vez (depende de la novela que estemos leyendo del ciclo Las cuatro estaciones) para la policía habanera, posición de privilegio que le permite moverse con soltura por sórdidos vericuetos de la sociedad cubana y sacar a flote algunas de sus vergüenzas. Así, mientras el novelista va urdiendo sus intrigas y misterios, su escéptico álter ego nos conecta con un variopinto submundo habitado por toda suerte de buscavidas y pájaros bravos cuyas andaduras de funámbulos entre lo ilícito y lo permitido se explica por el marco restrictivo impuesto por un régimen que vindicó la precariedad, segregó a la inteligencia y se conformó con reencauchar a pícaros y malandrines para que les sirvieran de chivatos en los Comités de Defensa de la Revolución; porque, a pesar de la parametración (sic) aplicada por un comisariato engolosinado con  manuales estalinistas para determinar quién sí y quién no es ciudadano en lo que, con otra prosa, nos recuerda la atmósfera ominosa de 1984 (George Orwell), podemos deducir que el cincel fidelista no pudo esculpir un hombre nuevo capaz de soportar carencias, represiones y racionamientos como si se tratasen de los castigos divinos impuestos a Job.
La crónica que nos ofrece un escritor cuya solvencia la certifica el hecho de vivir y compartir con sus compatriotas en la isla que lo vio nacer, nos permite verificar que el chavismo, con o sin el resplandor eterno del charlatán barinés –desde la lista de Tascón al sistema biométrico de racionamiento–, se ha limitado a duplicar, a imagen y semejanza del castrismo, los mecanismos de opresión y espionaje que regulan la cotidianeidad de los cubanos, y que la revolución bolivariana y el socialismo del siglo XXI nada tienen de original. Sin embargo, la imitación no está circunscrita al ámbito de los controles: se extiende a otras actividades como la planificación, la construcción y el mantenimiento de obras e infraestructuras de interés público. Y si es pertinente mirarse en el espejo que nos facilita Padura, también los es acercarse a las imágenes que nos brindan Alysa Nahmias y Benjamin Murray en un espléndido documental sobre el proceso de creación, construcción, abandono y rescate tardío de las escuelas nacionales de arte de La Habana, conocidas ahora como Instituto Superior de Arte.
Unfinished spaces (2011) –que ha motivado al menos dos artículos publicados en estas páginas con las firmas de Elizabeth Fuentes y Jonathan Reverón–explica, a través de entrevistas a los arquitectos Ricardo Porro, Vittorio Garatti y Roberto Gottradi (los tres trabajaron en el Banco Obrero y en la UCV), cómo, en 1961, cuando los barbudos aún encandilaban, sus proyectos fueron glorificados por una élite que prontamente encalleció sus entendederas para convertirse en burocracia aferrada al librito y, al implantarse el modo de construcción soviético –el cual pasaba por la prefabricación masiva de atroces volúmenes de dudoso funcionalismo–, esas propuestas fueron estigmatizadas, paralizadas y abandonadas, y sus autores marginados o desterrados en razón de sus posturas vanguardistas. Afortunadamente, medio siglo después de iniciados, y gracias a la opinión y ayuda internacionales, se ha convenido en finalizar esos espacios inconclusos tenidos como “una de las iniciativas arquitectónicas más originales de la segunda mitad del siglo XX”
Cuando se nos cuenta tal odisea, no podemos menos que contrastarla con lo ocurrido aquí con la torre de David, cuyo rescate parece tan cuesta arriba que se ha planteado demolerla, o con el retraso y discontinuidad de los planes ferroviarios y de transporte subterráneo y, sobre todo, con el sacrificio de la estética que ha significado encargar a empresas bielorrusas, chinas o iraníes la ejecución de complejos y unidades habitacionales con notorias deficiencias en los servicios y que irrespetan los más elementales preceptos de diseño urbano, ante lo cual uno tiende a pensar que tal vez sería mejor inventar para equivocarse y poder ratificar, y no copiar sin saber por y para qué lo hacemos; desgraciadamente, la bolivariana es remedo, o acaso caricatura, de esa revolución que arruinó a la que alguna vez fue perla de las Antillas.

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