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Para los periodistas que comienzan


Con los dientes

Por allá por el año 1995 del siglo pasado (pero no soy vieja) era parte de un grupo de periodistas latinoamericanos invitados por el gobierno de Bill Clinton (por eso soy demócrata) a hacer un curso de periodismo de investigación en Estados Unidos.
Una mañana nos llevaron a la facultad de Comunicaciones de UCLA (“Iu-ci el-ei”, que si no se dice así, no suena interesante) para trabajar con un catedrático experto en periodismo de investigación. Nos sentamos en un salón alrededor de una mesa cuadrada. El profesor estaba en la cabecera, obviamente, pero dijo algo lleno de humildad, que solo puede decir un californiano:
— ¿Qué les voy a enseñar yo de periodismo de investigación? ¿Cómo le voy a enseñar a un periodista colombiano a investigar si hacen ustedes trabajos tan admirables sobre el narcotráfico y la guerrilla a costa de su propia vida? ¿Cómo les hablo a los colegas argentinos si han tenido que trabajar en dictadura? ¿Y a los mexicanos? Los estadounidenses tenemos cosas que enseñar en ese campo, ciertamente, pero creo que son los latinoamericanos los que se llevan los laureles, porque les cuesta mucho trabajo conseguir información.
Salimos de allí esponjados como palomas, porque nos habían dicho que UCLA siempre ha estado a la vanguardia en muchos campos, y fuimos reconocidos en UCLA. El profesor hablaba desde la experiencia de vivir en un país que entrega bases de datos todos los años a los medios de comunicación y que conoce y respeta muy bien el derecho a la información. No así los países latinoamericanos, aunque experimentaran la democracia también; en estos casos la dificultad, más que expresa, era de sistema, de organización y de burocratismo, males que siempre hemos sufrido en Latinoamérica.
Para ese entonces no tenía grandes trabajos de investigación en mi haber. Era la única representante venezolana y el país estaba en democracia. Sin embargo, cuando nos entrevistamos en el Departamento de Estado con el subsecretario para Latinoamérica, el señor se sabía mi nombre. Sí, cuento esto con el peligro de que me crean de la CIA, como lo es Claudio Nazoa.
Mis labores como reportera comenzaron en una fuente bastante dura para una muchacha de 22 años de edad. Sucesos. Y sucesos sangrientos. Para trabajar en esta fuente hay que “trabajar” la fuente. Algún coleguita novato se preguntará qué quiero decir. Hay que estar allí, merodear, conversar sin el ánimo de buscar noticia, tomarse un café (pero no se trata de hacer amigos). Antes se podía, en el siglo pasado.
También cubrí muchos años la fuente de Cancillería. Aunque no lo crean, tiene muchas similitudes con la fuente de sucesos; al final, todas necesitan ser trabajadas. Lo que pasa es que las fuentes de información ya no funcionan. En los regímenes totalitarios no suelen existir, así que toda mi experiencia pasada son solo recuerdos. Por eso quiero contarlas.
Aquel profesor de UCLA tenía razón. En democracia el gobierno está en la obligación de poner a disposición de la gente la información que genera. En dictadura, es imperativo restringirla, si el gobierno quiere sobrevivir. Pero cubrir Cancillería nunca fue fácil, ni siquiera en democracia, obviamente por la naturaleza de la información que maneja. Yo iba a cocteles (no a echarme palos), visitaba a los embajadores jefes de escritorios, conversaba con embajadores de otros países.
Una vez estuve toda la mañana en la oficina de Hilarión Cardozo. Él era el jefe de la comisión binacional Colombia-Venezuela para el diferendo. No se imaginan las cosas que me contó y me explicó, mapa en mano. Pero me pidió que no publicara nada, porque era información clasificada. Cuando llegué a la redacción me pidieron una nota y yo me negué. No podía traicionar a mi fuente, estaba trabajando su confianza, y la logré. Di muchos tubazos entonces con ese tema, además de aprender muchísimo.
No, las fuentes no se trabajan solo por teléfono. Pero eso en el caso de que haya fuentes. Si tuve la bendición de ser reportera en democracia, sé lo difícil que es serlo en dictadura. Y sobre todo con un canciller como el actual. Ahora hay que trabajar con los dientes, y aún así, da terror no tener dónde publicar lo que uno consiga.

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