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El difunto no estaba loco, sino que no tenía sentimientos

Franzel Delgado Senior: 

Lo de Chávez no era locura


El psiquiatra advierte que los trastornos de personalidad del Presidente no tienen cura ni hay nadie que pueda curarlo, pero que la cura del país está en sacarlo. “La “revolución chavista”, contrario a lo que pregona incansablemente el Presidente, no ha pensado nunca en el ser humano, sino que, absurdamente y sin reflexionar en las consecuencias, ha intentado cambiar a trompicones los valores fundamentales de los venezolanos”

“La cabeza pensante de Chávez es un disparate. Ningún ser humano con un cerebro coherente se acuesta católico y se despierta protestante. En esa cabeza hay una incongruencia, un desfase, una inconstancia. Ha cambiado la Constitución, sí, pero después la viola. El país que teníamos hace 15 años, ahora se empieza a tornar añorable. Con todo lo que tenemos que lamentar, tendríamos más posibilidades de recuperar aquel país que éste de ahora; y si esperamos un año más, la reconstrucción será de escombros, materiales y humanos”

Ramón Hernández

El aire acondicionado del consultorio del médico psiquiatra Franzel Delgado Senior es ruidoso y anémico, pero cumple su tarea de darle confort a un lugar sin lujos ni pretensiones. El diván profesional es de cuero desgastado por el uso y sin exageraciones en cuanto a comodidad. Graduado en la Universidad Central de Venezuela en los predios históricos cuando los jóvenes creían que para ser realistas había que pedir lo imposible, todavía usa la bata blanca y el pelo largo al desaire. Canoso y escaso.
—Hugo Chávez no tiene cura, pero el país sí.
Hijo de Kotepa Delgado, “escribe que algo queda”, y con estudios de posgrado en Londres de Psicoterapia confiesa sin pudor que es uno de los millones de venezolanos que le dieron su voto de confianza a Hugo Chávez, pero ya se le retiró. Ex presidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, asume como suyos sus conceptos y sus advertencias, que quede claro. “Advertir al pueblo es un imperativo ético”.
—En 30 años como psiquiatra jamás había percibido en la población venezolana el desajuste emocional de ahora: creo que tenemos una epidemia de decepción y de angustia. La población vive en estado de incertidumbre, que aparece en forma de depresión, sea tristeza, llanto o cualquier otro síntoma, y también como virosis frecuentes, falta de energía, poca motivación para el trabajo, irritabilidad, insomnio, disminución de las capacidades laborales.
—¿La incertidumbre y la inseguridad enferman al venezolano?
—Una persona debilitada de manera importante y por tiempo prolongado en lo emocional tiene una gran posibilidad de sufrir desde una gripe hasta cáncer. Una mínima cantidad de los afectados acude al psiquiatra, pero los demás van al dermatólogo y al cardiólogo; también al neumonólogo, con crisis de asma intensas, y al neurólogo, porque sufren cefaleas pertinaces. Numerosos trastornos agudos son consecuencia de la situación del país, de la depresión que genera.
—¿La democracia verdadera, participativa y protagónica enferma?
—Una realidad que no ofrece seguridad enferma. Sin seguridad no hay estabilidad emocional. Si en algo ha sido exitosa esta “revolución” es en haber creado un ambiente de inseguridad. Un presente precario y un futuro sin perspectivas no le dan estabilidad emocional a nadie. Esta “revolución”, contrario a lo que pregona incansablemente Chávez, no ha pensado nunca en el ser humano, sino que, absurdamente y sin reflexionar en las consecuencias, ha intentado cambiar a trompicones los valores fundamentales de los venezolanos.
En unos estantes, un par de libros que le sirven de referencia y que le dan confianza a todo paciente –un consultorio sin libros es sospechoso– comparten el tramo con máquina de escribir eléctrica ¿obsoleta? que sirve para los récipes y otros asuntos familiarizados con la poesía y la escritura no funcional.
—A millones de venezolanos nos cambiaron una ilusión muy válida por un disparate, la palabra más precisa y ajustada que he podido encontrar para calificar la revolución chavista. Un proceso lleno de incongruencias, contradicciones y paradojas; una mezcla incom­prensible de retazos de ideologías, algunas antagónicas, que produce efectos sumamente negativos en la población: gran deterioro económico y quiebra de las esperanzas.
—Toda revolución, todo cambio, exige sacrificios.
—El proceso chavista carece de ideología. No le es posible la coherencia y está lejos de satisfacer a quienes siempre quisimos un cambio radical en el país. Es un error analizar el fenómeno chavista como un proceso revolucionario. Un engaño, una falacia. La corrupción no es una característica de cambio revolucionario, tampoco la ausencia de justicia y mucho menos malgastar los dineros públicos. No.
—Aunque no se quiera reconocer, ha habido cambios revolucionarios y sumamente importantes. Chávez despertó el espíritu rebelde del venezolano.
—Chávez es un hombre que usa la manipulación y su ascendencia popular en función de un proyecto sin coherencia. Actúa igual que un predicador mendaz, que domingo tras domingo va haciendo anuncios, alimentando la esperanza del pueblo, pero nunca cumple. ¿Dónde está el eje Apure-Orinoco?, ¿dónde las grandes inversiones que iban a venir de los chinos, de los árabes y de los americanos?, ¿dónde las escuelas bolivarianas? No tiene coherencia que un revolucionario, a quien le preocupan los dolores de su pueblo, se mande a hacer un avión de 67 millones de dólares. Estoy absolutamente convencido de que las apariciones públicas de Chávez son actuaciones histriónicas. Cuando saca la Constitución del bolsillo, levanta la cruz, muestra la Biblia, besa a un niño, abraza a una viejita o hace un chiste, el histrionismo es el ingrediente fundamental.
—La forma no es importante...
—La cabeza pensante de Chávez es un disparate. Ningún ser humano con un cerebro coherente se acuesta católico y se despierta protestante. En esa cabeza hay una incongruencia, un desfase, una inconstancia. Ha cambiado la Constitución, sí, pero después la viola. El país que teníamos hace 15 años, ahora se empieza a tornar añorable. Con todo lo que tenemos que lamentar, tendríamos más posibilidades de recuperar aquel país que éste de ahora; y si esperamos un año más, la reconstrucción será de escombros, materiales y humanos. Yo tengo un temor bien intenso: que por la manera de ser de los venezolanos, que somos livianos, en el buen sentido del término; que somos generosos; espontáneos; solidarios, no nos percatemos del peligro en que se encuentra la Nación y de cómo está ganando terreno este disparate. Quizás tenemos excesiva confianza en que algo nos salvará, que los militares harán algo, que los americanos actuarán. Señores, se requiere que la oposición se radicalice ante una ofensiva muy peligrosa de la “revolución”.
—Muchos creen que la agudización del problema económico sacará a Chávez del poder, pero puede pasar todo lo contrario: que las dificultades económicas hagan más sumisa a la población...
—El último resto de apoyo a Chávez, en cuanto a población, es la gente de menores recursos, que no tiene nada que perder en el deterioro progresivo del país. A estas personas las ata el ofrecimiento de que estarán mejor dentro de veinte años. Cuando ese encantamiento, ese espejismo, esa ilusión se rompa, esa gente no va a tumbar el gobierno, pero tampoco lo va a defender. Fue defraudada. Si todavía lo apoya es por su capacidad de predicador. Gestos y actitudes revelan que Chávez actúa histriónicamente y con propósitos bien calculados. En la comunicación de Chávez con su pueblo no hay espontaneidad ni sinceridad.
—¿Siempre fue así?
—Su falta de sinceridad se ha agravado con los desbarajustes que causa el poder. Después de los sucesos del 11 de abril, apareció con una cruz y con los ojos entornados al cielo le pidió a Dios que le dirigiera los pasos y lo perdonara. Estaba actuando. En Chávez no hay locura, sino una alteración de su estructura de personalidad. La agresividad incontenible, la mendacidad, la deslealtad, la manipulación, los afectos superficiales, la convicción de ser grande, único e indispensable, la ausencia de arrepentimiento y la imposibilidad de aprender de las experiencias son algunos de los síntomas de esos trastornos, que no tienen tratamiento ni cura. No es que el Presidente se niegue a cambiar. Parece que no quiere, pero seguro que no puede. Chávez no tiene ninguna opción de modificarse. La personalidad es como el color de los ojos, no cambia.
—¿No se le puede dar una dosis de Ritalín?
—Lo más grave para Venezuela es que Chávez no sufre de locura. Ojalá la sufriera, pues habría la posibilidad de tomar medidas médicas, de hospitalizarlo y de ponerlo a funcionar. De los casos que popularmente se conocen con el nombre de locura, 80% son recuperables. Los trastornos de personalidad son distintos: ni se curan ni se modifican. Llevamos tres años esperando que Chávez modere su vocabulario, que asuma con decencia su investidura, que utilice un lenguaje que se corresponda con su condición de Presidente, pero no puede. No puede. Se lo impide su estructura de personalidad. No estamos ante nada nuevo, ni es un caso único. Los síntomas de sus trastornos de personalidad son evidentes. Mientras fiebre, tos, inapetencia, quebranto general y dolor al respirar indican la presencia de neumonía; en los trastornos de personalidad están presentes la imposibilidad de mantener los afectos, tendencia a la deslealtad, manipulación, etc.
—Los grandes hombres sufren grandes trastornos.
—El tiempo transcurrido nos demuestra que no estamos ante uno de esos fenómenos. Ningún gran hombre es normal; pero no basta estar fuera de la normalidad para ser un gran hombre. Lamentablemente, con Chávez estamos ante un hombre que ha llegado al poder y está fuera de la norma, pero sin ningún viso de ser un gran hombre. Puede haber ínfulas de gran hombre, pero esa es otra característica del trastorno de personalidad. Sentirse único e indispensable es distinto a serlo.
—No es más grande que los presidentes anteriores, pero cambió la Constitución y el paradigma democrático.
—Los venezolanos no esperábamos demasiadas cosas de Chávez. Simplemente queríamos un adecentamiento del país, que se acabara la corrupción, que mejoraran los servicios, que se recuperara la calidad de vida, que hubiera seguridad. Aspiraciones normales, similares a la que de cualquier pueblo del mundo y que no necesitan una revolución para hacerse realidad. Después de 40 años de decepción, de fracaso, de engaño, los venezolanos decidimos darle nuestra confianza a Chávez. Nadie estaba exigiendo una revolución ni que Hugo Rafael Chávez Frías fuera redentor de los pobres del mundo. Nadie. Ese papel se lo ha fabricado él. Se ha vendido como un hombre único, y se siente poderoso. Todo eso es actuación. Esta revolución, este parapeto, este disparate, lo ha creado Hugo Chávez, y lo mantiene Hugo Chávez, nadie se lo ha pedido.
—Recibió un cheque en blanco y lo ha usado...
—Le dimos un voto de confianza para hacer cambios que eran necesarios, justos, no para crear incertidumbre. Habría sido mucho más provechoso para los venezolanos que la revolución chavista tuviera coherencia, que no fuera tan disparatada y tan confusa. Si desde el principio hubiera dicho que se acababa la propiedad privada, cada quien habría sabido qué hacer y hoy no sería víctima de la incertidumbre. La tragedia actual del venezolano es que no puede tomar decisiones sobre su vida, sobre su futuro, sobre sus hijos, sobre sus bienes, sobre su profesión o sobre su cepillo de dientes. Tenemos una población angustiada, insomne, desmotivada sexualmente, irritable, mermada en su capacidad de trabajo, enferma.
—La gastroenteritis se cura con antibióticos, ¿con qué se cura la incertidumbre?
—Cualquier recomendación que pueda hacer un médico, como relajarse, caminar, no es más que un encubrimiento de su imposibilidad de aliviar algo que no tiene cura. El remedio de nuestros males es político, no farmacéutico. La única opción que tiene el país de funcionar y no destruirse es sacar a Chávez. Esa es la cura, no hay otra.
—Chávez ha dicho que se irá cuando el pueblo se lo pida...
—No es verdad. Ahí están los trastornos de personalidad. El fenómeno Chávez ocurrió justo cuando estábamos saliendo de 40 años de decepciones, de demagogia, de incumplimiento, de agresiones, de corrupción y de violaciones de la Constitución. Chávez hablaba un lenguaje distinto, radical, pero nunca dijo que permitiría invasiones de tierras, que acabaría con la propiedad privada ni que los obreros tomarían la conducción de las fábricas. No. Simplemente prometió lo que estábamos cansados de esperar y queríamos hacer realidad. Ese fue su gran éxito. No hubo un encantamiento ni un adormecimiento del país. No.
—¿Cuál ha sido el mayor fracaso?
—Haberle quebrado la lógica al país es el peor daño de esta “revolución”. Antes del chavismo, Venezuela tenía gravísimos problemas, pero era un país con lógica. Hoy no la tiene. ¿Muestras? El autodidactismo gobernando y decidiendo sobre materias complejas que requieren conocimiento y formación; negar lo cierto y aseverar lo incierto de manera permanente; el divorcio absoluto entre el mensaje teórico y la práctica, entre otras cosas. Quizás la más grave dolencia de esta revolución es su inmensa soledad de intelectuales. Su ausencia de intelecto explica su pragmatismo y su elementalidad. Sin pensadores, la revolución Francesa no hubiese pasado de ser una matanza más de la historia; y Bolívar, sin su excepcional brillo intelectual, no habría sido más que Simón. Así como la oposición ha hecho suya la frase “prohibido olvidar”, la revolución chavista parece identificarse con “prohibido pensar”. Los espacios cada vez se le hacen más pequeños a Chávez, y cada vez menos gente con imaginación, con cerebro, con capacidad de pensar, con instrumentos intelectuales, puede defender la obra política de Chávez. El país que está pasando una experiencia dura, difícil, y triste, pero todo indica que saldremos. Chávez no tiene cura, el país sí.

Notas al pie del diván
·        Las apariciones de Chávez carecen de espontaneidad. Todas son milimétricamente calculadas. Hay una intención, y esa es su ventaja. El venezolano, en cambio, no es calculador ni manipulador, es generoso, sincero, espontáneo, confiado, abierto, franco. Cuando Chávez saca la Constitución o el Oráculo del Guerrero, tiene una intención: manipular en su propio beneficio. Lo ayuda su estructura de personalidad, en la que la esfera de los sentimientos está muy lesionada. No conoce el arrepentimiento ni aprende con la experiencia. La persona con trastornos de personalidad calcula fríamente qué va a hacer.
·        Chávez fue recientemente a Apure a recorrer las zonas inundaciones en Elorza, que devastaron una gran extensión y resultaron damnificadas miles de personas. Después de haber pasado más de ocho horas entre esa tragedia, esa noche realizó una cadena. Cuando yo, como psiquiatra, veo que después de  haber estado tantas horas presenciando tan terrible tragedia aparece impecablemente vestido, con las uñas cuidadas y pulidas, y que no hay un asomo de dolor en su expresión, tengo la ratificación química de que Chávez sufre de severas alteraciones de personalidad.

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